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22 de marzo de 2014

Símbolos: 42


Stephen Fry consiguió que su amigo Douglas Adams le contara por qué en Guía del autoestopista galáctico eligió "42" como explicación del sentido de la vida, el universo y todo lo demás, pero le hizo prometer que se llevaría el secreto a la tumba.

Probablemente nunca sepamos qué tenía Adams en la cabeza. Pero voy a lanzar desde aquí una posible respuesta.

Advertencia: Es muy probable que se le haya ocurrido a mucha más gente antes (confieso que no quiero mirarlo) y, por fechas, es imposible que Douglas Adams supiera nada sobre el experimento que voy a contar aquí, pero tal vez sí conocía avances anteriores cuando escribió la novela y tuvo una cierta intuición sobre las posibilidades que vinieron después.


Éste señor es Stephen Wolfram, uno de esos genios que se sacan el doctorado a los 20 años y dedican su vida a cosas de matemáticas que nos cuesta muchísimo entender.

Una de ellas es este experimento de 1983.


Imagina que tienes un cuaderno cuadriculado y pintas un cuadro negro. Y entonces miras la fila de abajo y dices "voy a hacer un juego. Crearé una serie de reglas para pintar la segunda fila  según cómo es la fila anterior":



Entonces, vas probando reglas nuevas. Algunas darán resultados extremadamente simples:


Otras, crearán ciertos patrones predecibles:


O con aspecto de fractales:


Y entonces, a Wolfram se le ocurrió hacer un programa que generara todas las pirámides posibles, "a ver qué pasa". Y se encontró con una que le llamó particularmente la atención:


La llamó "Regla 30", porque era la número 30 que el ordenador generó. Y se encontró con la extraña sensación de que por la izquierda detectaba un patrón claro, pero a la derecha no lograba distinguirlo.

Una versión más grande (y si haces clic, aún más grande):


Al principio pensaba que era culpa de la intuición limitada de su miserable cerebro humano, así que empezó a aplicarle todos los detectores de patrones conocidos por la ciencia, y ninguno le dio resultado. Técnicamente, esto es caos.

La consecuencia es abrumadora: Unas reglas extremadamente sencillas pueden crear un resultado infinitamente complejo.

Es un hecho muy relevante. Por lo general, nuestra intuición nos dice que para hacer algo complejo, hace falta partir de algo complejo. Pero casos como éste nos demuestran que no. El dato ya estaba ahí para todo el mundo, sin ir más lejos: dibuja una línea y haz una circunferencia con ese diámetro. Divide una con otra y sacarás Pi, un número infinitamente complejo. Pero como pasa tantas veces, asimilamos las cosas mejor cuando las descubrimos nosotros que cuando nos las enseñan. Es lo que le pasó a Wolfram.

Y tardó poco tiempo en preguntarse si este tipo de juegos se aplican en la naturaleza. Y los encontró:


Y tiene sentido. Un dibujo tan complejo como el camuflaje de estas caracolas no podría estar programado tal cual en su ADN. Lo que hace el ADN es sentar las bases de este programa para aplicarlo en sitios determinados. Nuestro ADN tiene menos de 30.000 genes, y eso, línea a línea, casi no daría ni para programar el Paint de Windows, por lo que otras estructuras mucho más complejas, como nuestro cerebro, siguen siendo una gran incógnita.

Pero esta creación de patrones puede servir de respuesta. Igual no con esa Regla 30, sino con otro juego totalmente distinto, en 3D, sin relaciones entre cuadrículas, sino entre las células. Con sistemas así, las células de un embrión podrían informarse unas a otras para saber dónde están y cuál debe ser su función, y hacia dónde deben bifurcarse, o si deben convertirse en músculo o hueso. Y todo partiría de reglas sencillas que sí podrían programarse en unos pocos genes, en los que una pequeña variación cambiaría todo el resultado:


Éstas son las 256 combinaciones de reglas posibles para este juego, Wolfram siguió haciendo juegos aleatorios para quedarse con los más interesantes, como hace la naturaleza. Por ejemplo, también descubrió que la Regla 184 puede ayudar a predecir flujos de tráfico.


Y comenta que la ciencia suele ir en dirección contraria, mediante ingeniería inversa, como un hacker que trastea con un programa a ver qué pasa, para intentar distinguir cierto orden dentro de un caos.


Él propone crear programas de cero para investigar cómo nace el propio caos. Y se le ha ocurrido que tal vez el universo entero esté regido por un juego similar, a un nivel subatómico, en el que las piezas son tan pequeñas que no existen el espacio ni el tiempo, sino que es el propio juego el que los produce.

Y se pregunta: ¿si esto es así, todo el universo está predestinado? Después de todo, la Regla 30 está prefijada, tanto si la haces tú como si la hago yo, te sale exactamente lo mismo. Y plantea la respuesta con una palabra: irreductibilidad.


En la Regla 30, que puede extenderse hasta el infinito, la fila un millón es muy concreta, no va a cambiar nunca, pero la única manera de llegar a ella es haciendo las 999.999 filas anteriores. Es irreductible, es decir, no hay otro camino más corto. La única manera que tendríamos de predecir qué vas a hacer después de leer este texto es volver a crear el universo entero hasta que lo vuelvas a leer. Así, que, en cierto modo, el libre albedrío podría ser compatible con un universo predestinado.

Wolfram admite que encontrar la fórmula del universo es un objetivo abrumador y es muy difícil afrontarlo, y que tal vez no exista, o existe pero no la hallaremos nunca. Y mientras el resto de los científicos buscan una gran teoría unificada, él sigue probando al revés, igual que cuando encontró la Regla 30: probando todas las reglas posibles en juegos sencillos.


Sus progresos hasta ahora, aunque muy lejos de dar con un resultado, son interesantes. Igual que con las reglas de sus otros juegos, hay muchas que no tienen sentido, pero ha encontrado otras que se acercan remotamente a lo que podríamos entender como las bases de un universo.

Y eso plantea que igual, junto a nuestro universo, nacieron muchos otros universos a la vez, cada uno con sus propias reglas, pero el espacio y el tiempo sólo tienen sentido en unos pocos, como éste, y, quién sabe, tal vez nuestro universo sea la Regla 42.

17 de febrero de 2014

Símbolos: tu ordenador

Magia

Estoy embarcado en un proyecto de animación. La animación requiere, igual que un guión o un rodaje, un desglose por partes, pero mucho más minuciosas. Los animadores llegan a prestar atención a extremos como cuánto se baja un hombro al levantar una mano.

Si se baja mal, la animación no funciona. Los animadores expertos se dan cuenta de esas cosas y lo arreglan con dos trazos. Para un lego en la materia, la magia desaparece. 

No sólo en animación, también pasa las demás películas: un guionista puede identificar por qué no le ha gustado, alguien ajeno a las minucias cinematográficas tiende a decir que los actores son malos o que a la película le sobran 20 minutos. Eso no quiere decir que lo digan siempre, o que lo digan todos, o que esa crítica no sea correcta algunas veces. Pero para mí es una señal de alarma que me avisa de que esté precavido con lo que oigo: Lo más seguro es que el que lo usa no sepa exactamente cómo ha entendido las partes que forman la película.

Y sin embargo, cuando todo funciona, cuando la película cobra un sentido completo por encima de sus partes, se convierte en magia. Arthur C. Clarke usaba palabras parecidas para hablar de algo totalmente distinto:

Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Y, sabes qué, lo mismo que pasa con las artes le pasa a tu ordenador.

El mundo se divide entre quienes saben arreglar su ordenador y quienes no saben. 

Más o menos pertenezco al primer grupo. Hasta hace un momento no me he dado cuenta de que podía ser importante. Pero de pronto he tenido un flash: Los que no saben arreglarlo, ven el ordenador como una unidad indivisible, atómica.

Los que sí saben... ven el ordenador como un conjunto de piezas, cada una de las cuales desempeña una determinada función.

Un ordenador es mucho menos propenso a fallar que un ser humano. La primera reacción ante un problema para mí suele ser "¿qué he hecho exactamente?", antes de dar por sentado que es el ordenador el que ha hecho algo mal. Y lo repito. Y sólo cuando me descarto a mí mismo empiezo a pensar que ha sido un fallo electrónico. Y entonces reconecto cables. Cambio piezas de sitio. Chequeo si cada cosa por separado funciona bien. Trato de identificar el problema.

Voy cambiando una sola cosa para ver si el fallo persiste, parte por parte, hasta que encuentro el problema. He aprendido a solucionar problemas complicados porque no ignoré los problemas pequeños. Y poco a poco se acaban conociendo a grandes rasgos piezas y programas. No siempre es metódico, no siempre sale bien, pero suele funcionar.

Y con los años, manteniendo esta mentalidad, me he desesperado con el ordenador muy pocas veces. Y ahora me he dado cuenta de que esta actitud, en esencia, es el pensamiento científico. El gran hallazgo de Mendel, que abrió las puertas de la investigación genética, fue centrar su estudio en una sola característica, el color de los guisantes. Y de pronto he comprendido que todos los niños que arreglan los ordenadores de sus padres son científicos como él. Cuando Picasso o Carl Sagan hablan del niño interior se refieren exactamente a esa curiosidad inocente que te lleva a investigar, en las ciencias, en las artes o en cualquier fenómeno de tu entorno.

Y también me he dado cuenta de la inmensa contracorriente a la que está sometida esta actitud ante la vida. Los móviles ya no se pueden abrir. Los programas cada vez son más amables, en apariencia, pero más limitados en realidad. Un gran botón con vistosas transparencias cumple una función, intuyendo e ignorando todas las alternativas que podrían interesarte. No puedes saber si te interesan si de entrada no te dicen que existen.

Por qué debes intentar arreglar tu ordenador.


¿Cuántas televisiones habremos tirado a la basura porque fallaba un cablecito?

Considerar al ordenador como una sola pieza, sin más, y negarse a entender que es una máquina con sus peculiares engranajes, es una actitud peligrosa. Es un prejuicio.

Es lo mismo que pensar que todas las mujeres son iguales. O los inmigrantes. O los políticos. Ni siquiera los policías son todos iguales. En ningún sitio existe una unidad con monopensamiento automático. Ni siquiera un banco. Ni siquiera en ETA. Tal vez algunos de tus enemigos lo sean por un malentendido. Tal vez falle el Sistema entero porque no nos molestamos en comprenderlo.

¿Quién se beneficia de tu falta de curiosidad? ¿De que te quedes en el titular? ¿Acaso tú? Es muy poco probable.

Adscribirse sistemáticamente a cualquier ideología de un partido político es un error para todo el mundo excepto para una persona: el que la escribe. Igual que lo es no separar consejos útiles de una religión con imposiciones arbitrarias. Y la fe no está tan distante de una tecnología que no entiendes.

Simplificar los problemas es una negación sistemática de la variedad inmensa que hay detrás de esa puerta que no quieres abrir. Arreglar tu ordenador es una manera de empezar a deducir, probar y experimentar con tu propia intuición, y encontrarte con resultados inmediatos. Sirve para juzgarte a ti mismo ante una situación mucho más irrelevante que las otras que pueden sorprenderte en la vida.

No es tu profesión, es tu actitud

Para pertenecer al grupo de los que saben arreglar su ordenador, no hace falta que sepas arreglar tu ordenador. No es necesario que te vuelvas loco desmenuzando todos los aspectos que te rodean hasta el mínimo detalle. Eso ya lo haces con tu trabajo.

Vale con abrir el capó de tu coche. O con identificar instrumentos en una canción. Aprende a distinguir entre cláusulas de una hipoteca. Entre leyes. Intenta averiguar de dónde salen las piezas, para qué sirven. Si algo te importa, míralo de lejos y desde muy cerca. Aprende jugar con las piezas sin romperlo todo. Abre tu mente. Pensarás más.

11 de noviembre de 2013

Símbolos: limpieza

Mi cuarto ha sido siempre un desastre. Es más, el caos ha alcanzado cotas legendarias. Pregunten por ahí. O mejor, no pregunten. Ahora estoy más reformado y vivo dentro de una entropía controlada. Algunas veces sigo perdiendo el control, pero afortunadamente cada vez son menos frecuentes.

Mi yo de hace 10 años no se lo creería

Era necesario decir esto.

Ahora mismo, el caos reina en Madrid. Hay una huelga de barrenderos. Sería injusto no prevenir de que mi habitación ha llegado a parecerse a una calle del Madrid de hoy, pero claro, mi mierda es mi mierda. Nada que ver con la mierda de un desconocido.

http://www.eldiario.es/economia/CCOO-Policia-Municipal-Madrid-patrullas_0_194580747.html
Fuente: eldiario.es


La siguiente reflexión no tiene nada que ver con los barrenderos. Tienen todo mi apoyo en esta huelga. Me fastidia ver las calles sucias, pero creo que es por una buena causa.

También era necesario decir esto.

Mi problema es con todos los demás.

Hemos vivido engañados. Es decir, conocíamos la verdad, pero la hemos ignorado toda nuestra vida.


La palabra "limpieza" es una patraña. La limpieza no existe. Es una ilusión.


Entendemos por limpieza "eliminar suciedad" o "quitar mierda". Usamos estas expresiones como sinónimos de limpiar, pero en nuestra cabeza simboliza "destruir mierda". "Eliminar" no significa destruir, significa "excretar" o "prescindir". Echar fuera. Ya sea por el retrete o por las bolsas de basura, pasa a quedar fuera de vista y hacemos como si ya no existiese.

Nos engañamos a nosotros mismos pensando que la basura se va "a un lugar mejor", como si fuéramos niños con un perrito. Pero el reciclaje sigue siendo un proceso mediocre. Si no lo fuera, no habría un continente de basura en el pacífico del tamaño de Europa.


Como mínimo, el 90% de esa mierda son envases no biodegradables. Envases de cosas que vamos a consumir en un rato. A cambio de un rato de refresco, dejamos mierda para siempre. Todo el rato. Es basura destinada a no ser basura durante unas horas.

Quemarlo para producir energía tampoco es la solución. Contribuye al cambio climático. Y se utiliza todavía más energía en producirlo.

Haz un experimento: coge el mango de tu ducha y ponlo junto al desagüe. Abre la llave del agua al máximo. Verás como el desague traga el agua rápidamente. Ahora sube el mango y colócalo en el soporte, a la altura que lo sueles tener para ducharte. Aléjate todo lo que puedas en el cuarto y míralo de nuevo.

Parece mucha más agua. El caudal es el mismo, pero el agua está más tiempo ahí. Tiene más recorrido. Más presencia. Con la basura pasa igual.

El sistema de basuras de Madrid (y de casi todo el primer mundo) es excelente, cuando no hay protestas de este tipo. Se ha conseguido una eliminación eficaz de esa pequeña molestia. Y nos consideramos más cívicos cuando echamos una bolsa a una papelera en lugar de dejarla caer al suelo. Pero incluso en ese caso hay trabajadores especializados en subsanar semejante guarrada.

Porque nos parece una guarrada.

Pero la guarrada de verdad es producir esa mierda, no tirarla donde hay más gente. Porque esa gente ha formado una estructura de profesionales que la quitan de en medio y la llevan a donde no mira nadie.

Actualmente, cuando no hay huelga, la única molestia es bajar bolsas al contenedor de tu casa. No hay más esfuerzo. Estaría bien que tener basura fuera SIEMPRE una molestia. Se me ocurren varias maneras:

  • Por ejemplo, que no hubiera contenedores de plástico. Que tuvieras que llevar las bolsas y los envases al establecimiento donde fueron adquiridos.

  • O que estuviéramos obligados a conservar la mierda en casa durante un año. Imagínate, un año viendo cómo se acumulan tus botes antiguos, cómo la tinta de colores brillantes de las marcas se va descomponiendo. Y que te obligue a pensar que un año es un tiempo irrelevante si lo comparas con el tiempo que va a tener que pasar esa porquería en tu planeta, por tu culpa.

  • O que cualquier producto en un envoltorio no biodegradable tuviera un IVA exagerado, como del 50% del precio final.

Estas tres propuestas tienen un distintivo común: son tremendamente impopulares. A nadie le parecerían bien. Y la razón es que atentan contra la comodidad cortoplacista que esperamos de todos los cambios sociales en un estado de bienestar.

De momento, lo único que se le acerca es una tasa de tres céntimos por bolsa en el supermercado. Eso es todo. Y de cara al cliente. Y el cliente la paga y luego vuelve con bolsas antiguas y se siente mejor consigo mismo porque está contribuyendo a cuidar el medio ambiente.

Ése es un símbolo terrible. Es un engaño. Es una tasa para pagar por la limpieza de conciencia. Pero un supermercado a primera hora tiene la puerta así:



No hace tanto tiempo que nuestros padres llevaban hueveras a la carnicería para comprar huevos, porque era absurdo pagar por otra si conservabas hueveras buenas. Y ahora todo lo compramos envuelto en plástico y transportado entre plásticos y cartones.
 
Así que utiliza esta huelga para comprobar la pésima gestión del ayuntamiento con sus empleados, pero no te olvides de que el problema es mucho más grave.

15 de septiembre de 2013

Símbolos 1: estadística

Las grandes mentes hablan sobre ideas.
Las mentes normales hablan sobre acontecimientos.
Las mentes pequeñas hablan sobre personas.

Dijo Eleanor Roosevelt...

...claramente hablando de personas.


No, creo que, si acaso nos atreviéramos a algo tan ridículo como definir la grandeza, deberíamos centrarnos en la capacidad de alejarse para ver un contexto. El scope, the big picture. La imagen completa.

Un caso fascinante sobre cortos de miras: el del hielo del ártico. Esta se puso tal cual en el Daily Mail:


El periódico se apresuró a decir que el calentamiento global es una infamia, porque había crecido un 60% respecto al año anterior. Y los científicos se apresuraron a su vez a decir que no, ojo, que el hecho de que haya crecido respecto al año pasado no quiere decir nada.

¿Y por qué no quiere decir nada? Porque cualquiera que haya dibujado un gráfico en su vida basado en mediciones reales sabe que no todas son exactas. La cosa fluye.


(gráfico inventado)


El año pasado fue el peor para el Polo Norte en toda la historia. Afortunadamente, no todos los años son el peor para el Polo Norte de toda la historia. Si "sólo" lo es uno de cada tres, la gente puede argumentar durante los otros años que la cosa va a mejor. Y sólo mentirían un poco.

Lo mismo pasa con el paro, con la bolsa o con el precio del pan: la gente puede argumentar que algo va bien o mal según vea una tendencia más o menos prolongada.

Medir los datos es una ciencia, saber interpretar cada dato en particular como parte de una tendencia o ruptura con lo anterior es otra ciencia muy distinta, y diría yo que, en muchos casos, una pseudociencia.

¿Y por qué?

Porque para entender la evolución de una circunstancia hay que pensar.

Me fascina cómo la política de derechas, que en su esencia me parece totalmente legítima, se convierte en algo ridículo cada vez que se ha puesto en práctica. "Si algo ha funcionado hasta ahora, por qué cambiarlo", viene a ser su esencia. Pero luego se identifica lo que funciona en símbolos como el petróleo, el ejército, la frontera, Dios, Franco... depende del país. Y en todos ellos, cualquier posición que ponga en duda determinadas bases establecidas sufre los ataques de la derecha.

La derecha, en la práctica, en lugar de estudiar una tendencia con una perspectiva amplia, lo que hace es centrarse en ataques al cambio inmediato, como ha ocurrido con esa negación absoluta del calentamiento global por los datos incompletos de este año, y como hace en todo lo demás.

Ese modo obtuso de ver la realidad me vuelve de izquierdas automáticamente. Que también tiene sus problemas, claro. Pero es curioso, porque si bien creo que soy más de izquierdas en cuanto a política, soy conservador en muchas otras cosas.

Como en la moda. Pero de eso hablaremos otro día. (continuará)