25 de mayo de 2006

Me peto a Laura

¿De dónde ha salido ese mp3 alternativo? No lo sé, pero era urgente unirlo al videoclip.



Tiene algún truco de montaje para que el discurso sincronice mejor. Se podría apañar algo más, pero eso sería meterse en cirujía innecesaria.

Actualización: Parece que no es de la misma gente, y el caos alcanza el extremo ante un vídeo que lo mismo es de los que han hecho la parodia o de terceros (¿cuartos?).

22 de mayo de 2006

Uri Jiménez

Puedo presumir de que tengo algún mago entre mis amigos, incluso he trabajado con ellos. Más al respecto próximamente. Por el momento tengo que decir que sé cómo funcionan algunos de sus juegos, pero soy lo suficientemente profano como para quedarme totalmente perdido en un espectáculo. Y como algo sé, a veces prueban conmigo a ver si sé por dónde van los tiros. Y por supuesto jamás les estropearía un número contándolo por ahí.

Uri Geller es un mago. No es un brujo, ni un parafenómeno, ni un psicomante ni un telépata. Es un ilusionista. Y eso los magos lo han sabido desde siempre.

Y sin embargo hace una hora le han sacado en Cuarto Milenio. Iker Jiménez, que para ser totalmente escéptico disimula muy bien, ha dejado caer ante sus invitados la pregunta de cuánto hay de verdad y mentira en los espectáculos de Geller. La conclusión ha sido alarmante:

  • Lo de doblar cucharas es mentira
  • Lo de doblar llaves es mentira
  • Lo de infundir poderes a los espectadores para reparar sus relojes antiguos pudo deberse a la fuerza psiokinética de la unión de 18 millones de espectadores para que volveran a funcionar.

Oh, come on.

Los invitados del programa fueron unos estudiosos de lo paranormal que creían en lo paranormal, lo que para los trucos que explicaban era un sinsentido... a simple vista. Comprendían lo que Geller hizo, lo llamaban correctamente missdirection, pero ha quedado en el aire la tercera incógnita, ya que muchos llamaron después para asegurar que sus relojes habían vuelto a funcionar, dejando caer eso, que pudiera tratarse de un poder que Uri Geller... ¿qué? ¿Que usa cucharas con truco la mitad de las veces y la otra mitad usa poderes de verdad?

Señores, los relojes antiguos se estropeaban con la menor mota de polvo o de grasa, y si aprietan durante unos minutos un reloj con ese problema, el calor y la humedad pueden disolverla o cambiarla de sitio. A mí me lo contaron, yo no lo descubriría por mí mismo. Estadísticamente, casi todos en los 70 conservaban algún reloj del abuelo; estadísticamente, muchos de ellos fueron víctimas de esas motas después de la época en que compensara el esfuerzo de llevarlos a reparar. Resulta que ese truco no se le ocurrió a Geller por las buenas, sino que procede de los tiempos en que esos mecanismos eran de uso cotidiano y los relojeros tenían ese secreto en su gremio: Iban a su oscuro taller y probaban a ver si era eso. Y si era, salían a los tres minutos con una sonrisa, pidiendo dos pesetas por el recambio de piezas y el trabajo.

Ya digo que necesité que me lo contara un mago, uno que no tiene por qué revelarme sus técnicas, y mucho menos las de terceros, pero al que no le importa desmantelar a aquellos que se las dan de mesías, profetas, o poderosos. Los magos, independientemente de sus creencias, están hasta las pelotas de que los futurólogos, parlamuertos y otros parásitos sociales utilicen sus técnicas de mentalismo o adivinación, que son perfectamente explicables (parte de una ficción sumamente artística), para trascender a la magia y alcanzar unas cotas de misticismo (pura superstición) que se aprovecha de los crédulos. Hasta Anthony Blake, que en apariencia es quizá de lo más místico de España, hizo suyo el clásico "Todo es producto de su imaginación, no le den más vueltas, no tiene sentido". Es decir, "hagan el favor de no idolatrarme y dedicarse a cosas más útiles".

La magia es un fenómeno fascinante que nace en la psicología, pasa por las ciencias, matemáticas, estadística, física, incluso ingeniería... y acaba en las artes escénicas. Y tiene su propia historia, su propia literatura. Tiene sus oleadas, ahora los lumbreras televisivos han descubierto que como los monologuistas se han quemado por las ristras de chistes que crean una vez a la semana hay que cambiarlos, y qué mejor para ello que un colectivo virgen de profesionales que lo mismo llevan años perfeccionando un número de seis minutos. Y yo a los magos, como profano algo merodeador, les tengo un profundo respeto. No se puede uno imaginar, ni debe, cuánto hay que trabajar para que parezca que no cuesta trabajo crear lo que no parece posible.

Pero resulta que ahora va a ser Cuarto Milenio lo imposible. Me siento con este programa como cuando veo a un mago amigo repetir en público un juego que ha probado conmigo, que ha desarrollado delante de mí y que entiendo. Han dado a entender que ellos han descubierto los trucos de Geller, cuando gente como el mago James Randi lleva décadas denunciando su engaño en masa. Han dicho cosas como "se cree, se rumorea, que Geller trabaja ahora buscando petróleo", cuando hay documentales por ahí en los que aparecen él y quienes le contratan para eso.

Datos fehacientes a los que puedo acceder con dos clicks de google, quedan sumergidos en un halo de trascendente incertidumbre de un programa que acaba haciendo trampas en su propio juego. ¿A cuántos magos conoce el español medio? A Jorge Blass y Anthony Blake. ¿A cuántos astrólogos? Rappel, Paco Porras, Octavio Aceves, Aramis Fuster, la tipeja del ranking del horóscopo de madrugada... gente que nos importa una leche y que nos meten por los ojos porque el mundo está lleno de crédulos, gente de la que nos gusta oír las tonterías que necesitamos que nos digan. Aunque injusto, está claro que el sistema de dejar en ascuas, de referirse a nuestras mayores incertidumbres, funciona.

Quién iba a decirme a mí que ese presunto investigador llamado Iker Jiménez se acerca más a la Pitonisa Lola que a Tamariz. Hoy he visto la mierda, hoy he comprendido que Cuarto Milenio no es que hable de trucos. Es que es un truco.

If you are bending spoons with your mind, you are doing it the hard way.

James Randi

21 de mayo de 2006

Mierda Vidi: Mierda Vinci

Vaya por delante que no pretendo convertir el blog en una sucesión de críticas cinematográficas. Como género me parece un error de base. Y por supuesto, vaya más aún por delante que para el caso que nos ocupa me importa un carajo quién fue o no fue Jesucristo. Eso lo dejaremos para otro momento.

El código Da Vinci es MA-LA. Lamentable, horrible, inaceptable. Vistos los datos de ventas, es estadísticamente la película de la que más gente repetirá el "me gustó más el libro" de toda la historia. TO-DA.

Se hace lenta, se hace vacía. Se convierte en un bodrio insoportable que sólo plasma medianamente bien, y a medias, la teoría de la que habla; a muchos les parecerá que ése es el fin, dar masticada a las masas una Teoría Unificada del Machismo y todo eso, pero me temo que no, que una película es un precio demasiado caro para contar eso, que quedará lejos de satisfacer a todos los que busquen en ella algo mínimamente cinematográfico, pero madre mía, todos los departamentos encargados de dotar de expresividad a la narrativa se encuentran perdidos sin saber qué hacer, a dónde apuntar, qué remarcar. ¿Se han vendido los razzies tanto como para no premiar categorías técnicas? No lo sé, pero candidaturas no faltan:

La iluminación es monótona, muy monótona, incluso vemos algún plagio de cómo colocaban las luces al Loco Crowe en primer plano, pero con Hanks. Hace falta mucho trabajo para convertir algunas de las localizaciones más espectaculares del mundo en algo tan poco atractivo.

Los encuadres parecen sacados de la peor fast movie española, sin pies ni cabeza, sin tener la menor idea de qué es un punto de interés, qué es un personaje preocupado, o un momento de tensión. Ni por iluminación ni composición recuerdo un solo plano que llamara la atención o cumpliera su objetivo.

Del montaje se puede decir el manido "sobra más de media hora", pero no conviene quedarse ahí. Muchas películas de las que se dice eso en realidad necesitan un par de recortes de unos minutos y quizá añadir un plano. Aquí hace falta ser poco originales, porque esta película necesita eso para todas y cada una de las secuencias. Además es como si hubieran elegido para cada momento la toma y el ángulo menos expresivo de los que disponían, creo que un montaje descartando TODOS los planos que han utilizado en éste tendría que ser mejor por fuerza.

La postproducción visual reinventa el concepto de flashback tirando por tierra todos los parámetros convencionales que los definen y para insertar por aquí y por allá momentos históricos con filtros que hacen que parezcan más futuristas que el presente. Los momentos de investigación plasmados visualmente suben esas absurdeces matemáticas de Una mente maravillosa a un pedestal. Si aquellas no tenían sentido, éstas directamente escupen irrealidad al espectador. Y encima son aburridas.

La música (miren esa foto, por dios) remarca todos estos errores y los acentúa hasta el extremo. Los tiempos en los que un músico se sentaba ante la pianola para improvisar durante los cortos de Charlot ya pasó, y sin embargo aquí está, pobre, inexpresiva, inadecuada cuando se deja oír, totalmente ajena a la historia, y, ante el distanciamiento que se crea junto con los demás departamentos, comete su error más grave: nada interesante por sí misma.

Lo único salvable de toda la película es un CHISTE que hace Ian Mckellen. Un plano medio con él citando el libro textualmente. Es decir, el único momento que me funciona de toda la película es uno en el que no hay intermediarios, en el que el actor logra recitar por encima de todos los boicots narrativos.

Dan ganas de echar la culpa al director, que ha debido de tener serios problemas de cualquier índole personal durante el rodaje, pero una segunda reflexión nos hace preguntarnos si estuvo ahí en algún momento, si llegó a haber un señor que supiera lo que estaba contando, o al menos qué estaba pasando durante el tiempo que cobró. Es alucinante cómo su anterior Cinderella Man, que reconozco que no he visto, fue tachado de cursillista, por seguir el manual de instrucciones para crear una película de éxito y oscarizable. La película fracasó, pero al parecer las notas se siguieron al pie de la letra. Aquí no hay elemento atractivo ajeno a la propia adaptación del Best Seller. Cualquier técnica de manual o no, que haya demostrado interés por parte del espectador en cualquier película anterior de este hombre o de cualquier otro de cualquier país falta, falla, no llega o ni siquiera intenta plantearse. Y una tercera reflexión, ésta ya dentro de la furiosa decepción que me ha causado la película, me hace preguntarme si lo que pretendía en la sombra era contar la teoría de marras dentro del contenedor menos interesante posible.

Cuando los productores dijeron que se habían hecho con los derechos, planteaban el reto de la conversión de formato buscando alternativas visuales, de acción, de personaje, que acabaran de darle ese interés fílmico. Los cojones. Es una representación casi secuencia por secuencia del libro. En el libro funciona la estructura de cliffhangers, que ya dejé caer aquí brevemente, es la que hace que el lector acabe un capítulo de media página y se vaya a dormir haciéndose preguntas. Aquí se demuestra cómo esta estructura, que puede funcionar en series con publicidad y continuidad, al adaptarse al cine se estrella de cabeza contra el barro.

11 de mayo de 2006

Las reglas del juego



En los años 50, dos matemáticos de la RAND decidieron que iban a saltarse un intermediario. Para simplificarlo, diremos que uno quería vender un coche y otro comprar el mismo modelo de segunda mano. Con un intermediario, el coche costaría 110 $, el vendedor se llevaría 90 y el intermediario 20. El vendedor del coche propuso al comprador 100 dólares, que resultaba redondo y beneficioso para ambos. Sin embargo el comprador, un viejo matemático de fuerte carácter, se negaba a pagar más de 90. "¿Para qué, si tú no ibas a cobrar más?" Su amigo no pudo convencerle de que 100 era la cifra más justa, y qué iba a hacer, ¿dejar de vender un coche que necesitaba vender? ¿Dárselo al insoportable intermediario del lucrativo negocio de coches usados? ¿Iba a romper su vieja amistad con su colega por diez miserables dólares? Tras un último intento de regateo mientras le llevaba a su casa tuvo que apechugar aceptando un sobre con los 90. Llegaron y el viejo matemático arrancó su viejo nuevo coche, se despidió y se fue. El vendedor, entrando en casa, abrió el sobre y vio que tenía los 100 dólares que creía que nunca iba a recibir: Su amigo iba a darle 100 desde el principio.

Casi sin dormir, llegó a trompicones al trabajo al día siguiente pidiéndole a su amigo una explicación que terminara con sus cavilaciones. Habían tenido una fuerte discusión, podían no haber llegado a un acuerdo, podían no haber vuelto a hablarse; en pocas palabras, se había creado una situación de malestar a partir de la nada.

Con una sonrisa, su colega le pidió disculpas por haberle hecho partícipe de un experimento a pequeña escala, un experimento que formaba parte de la teoría de juegos que tenía como fin confirmar una vez más sus temores: La única regla que funciona en la teoría de juegos es que el más intolerante acaba saliendo con las de ganar.

Ya sea haciendo trampas, negándose a negociar, o defendiendo tajantemente una zona o una religión, si hay dos partes enfrentadas y una es razonable, va a tener que ceder. Si las dos son razonables, el caso ideal, es muy probable que una deje de serlo como estrategia. Si las dos partes son intolerantes, el diálogo se acaba. Hay terrorismo, opas hostiles, guerras santas. Qué gran razón tenían estos matemáticos, y qué mal lo plasmó Ron Howard en Una mente maravillosa.

Es increíble cómo una cosa que me es tan ajena como la política se introduzca en tanto en mi terreno, la ficción, a la hora de estipular algo tan inexistente, las fronteras. Todo raciocinio se pierde. El país que más proyecta su patriotismo hacia los demás es uno de los más jóvenes, más mixtos, con menos historia y ni siquiera tiene nombre de verdad. Y sin embargo han creado un amor por una bandera, un millón de tradiciones, un espíritu y un way of life. De entre las muchas cosas que deberíamos aprender de él, quizá la principal sea ese error conceptual que les ha llevado al liderazgo mudial, pero al revés, como ejemplo a no seguir, el budismo nacional, ir más allá del desprecio al McDonalds como rival y pensar que nosotros podríamos ser mejores que ellos no por ese arraigado sentimiento patriótico, sino por el hecho de preferir no tener patria, no buscar el glocalismo. Pero evidentemente, esto no podrá ser nunca así por lo unidos que van el poder y la tierra a la tradición, tanto, que si no existe hay que crearla. Léase Olentzero. Léase nacionalidad, realidad nacional. Ya que "racional" y "nacional" se parecen tanto, dentro de ese gran juego mundial deberían inventarse la palabra "Naciocinio", o mejor, "Naziocinio".

Claro, es lógico que los nacionalistas sólo se puedan entender de mentira con los interesados y de verdad con los tolerantes. Pero hacer uso del raciocinio ante un intolerante es una derrota de antemano. En las últimas elecciones generales no participé porque soñé con un chiste que Forges no ha llegado a hacer nunca:



Creo que la forma más asquerosa de dejar claro que todo es una gran mentira es repetir una y otra vez la mierda de frase que todos los políticos se han grabado con sangre: "Éste es un asunto serio, aquí hay unas reglas del juego."

No, señores. Las fronteras son un juego que sólo quieren jugar ustedes. Son una ficción y tenemos problemas reales, no queremos que ustedes jueguen. Hasta el celuloide es más tangible que sus fronteras, que todas, excepto una. La única frontera de verdad que tenemos aquí es la capa de ozono, y la estamos disolviendo en el sentido equivocado. Pero ésa es otra historia.

8 de mayo de 2006

¡Yuju! ¿Yuju?



Yu.