12 de junio de 2014

Símbolos: toros y taras

El logotipo de WWF, el Foro Mundial para la Naturaleza, es un panda.

El animal irradia carisma; es un oso vegetariano que parece de peluche, y simboliza perfectamente a todos los animales en peligro de extinción.

Hace poco, en contraste, surgió la Asociación para la Preservación de Animales Feos, que sostiene que los animales bonitos se llevan demasiados trozos del pastel de los animales en peligro de extinción. No todo son ballenas, de hecho la mayoría de los animales en peligro son insectos asquerosos. Y este bicho fue votado como el animal más feo del mundo y símbolo de la asociación:


De algún modo, resulta tan feo que cruza los extremos y vuelve a tener carisma.

Pocos días antes de anunciar este ganador, hubo un debate en Nueva York sobre un suceso ocurrido en el metro. Unos gatitos se colaron en las vias y para rescatarlos tuvieron que parar varias líneas. Coincidió con las elecciones a alcalde, y eso hizo que todos los candidatos a alcalde se pronunciaran a favor de los gatitos, excepto uno, que fue vilipendiado.

Me gustaría ver a todos los defensores de esos gatitos en esta situación: sufres un accidente, te estás desangrando. La ambulancia te recoge y te lleva a toda velocidad al hospital. Sigues consciente, y sabes que tu vida depende de llegar lo antes posible. De pronto, el conductor de la ambulancia te dice "¡Hay una fila de gatitos en medio de la carretera! ¿Qué hago? ¿Freno?"

Es una decisión intransferible, y hay que elegir un mal menor. Pero tengo la sensación de que la gente ha desconectado por completo del mundo animal, y sólo vuelve a él a través de un puñado de símbolos, entre los que destacan los gatitos, en el mundo entero, y en España, los toros, tanto a favor como en contra. En Nueva York nadie se preguntó cuántos médicos llegaron tarde a trabajar por el cierre del metro.

Matar toros y convertirlo en un espectáculo es terrible. He firmado siempre que he podido para colaborar al fin de esta sangrienta tradición. Me opongo a los toros, a esa barbarie. Pero oponerse a algo no significa que no intente entenderlo.

La tradición taurina no me parece algo bello. De pequeño me aburría, ahora me parece cruel y no me siento cómodo si tengo imágenes de un ruedo cerca; por ejemplo, en una tele de fondo en un bar.

Aunque para mí no sea un arte, puedo entender que se lo parezca a otros. Y no me refiero a la emoción que puede producir la música, la ropa o el estilo literario tan peculiar de las crónicas taurinas. Me refiero a matar un animal. Repito: hay gente que considera artístico matar un animal. Pensemos en ello por un momento.

Y continuemos.

¿Qué puede llegar a ser un arte? En principio, pintura, escultura, teatro... etc. Pero hay casos más mundanos, más pequeños. Aparcar bien. Resolver una ecuación matemática de manera elegante. O diseñar una silla más cómoda. ¿Cuántas veces tienes que grapar unos papeles para empezar a distinguir entre grapas buenas y malas, posiciones más estéticas y encuadernaciones más elegantes?

Todo puede ser arte. To-do.

En la serie Dexter, el protagonista psicópata consideraba el asesinato todo un arte. Depende de la educación del ojo que lo ve, de las emociones que una serie de decisiones signifiquen para él. En el mundo real seguro que también hay algún asesino u obseso al que le parece un arte, pero hay casos más comunes. Para Maquiavelo, gobernar es un arte; el "El arte de la guerra" de Sun Tzu tiene varios milenios de antigüedad, y tiene un trasfondo aún más cruel que los propios toros.

Por eso no me sorprende que los toros puedan ser un arte, aunque los repudie.

Y esto me lleva a pensar... Si matar personas es un arte para Dexter, ¿para quién puede ser un arte matar toros?

Mi conclusión: para la gente de los pueblos. No de todos, sólo aquéllos donde se practica con regularidad la matanza de animales. Creo que existe en muchas personas una mentalidad para la cual matar animales es algo imprescindible, cotidiano o incluso esencial. Matar animales para comérselos forma parte de su vida.

Antes, todas las familias criaban un cerdo durante un año, lo sacrificaban, y tenían carne durante otro año. En un pueblo más numeroso donde, pongamos, durante 500 años han matado una vaca cada dos semanas para comer todos, no me extraña nada que con el paso del tiempo se haya desarrollado una manera de hacerlo que, dentro de esa distorsión que es el asesinato animal, se haya convertido progresivamente en algo que consideren bello, digno, elegante...

Y tampoco me extraña nada que para los que no hemos sido partícipes de esa tradición, la práctica nos parezca aberrante. Pero aquí es donde siento que tengo que hacer autocrítica y explorar esa opinión frontalmente opuesta a la mía:

Creo que odio los toros porque soy un niño pijo de ciudad.
Como tú, probablemente.

El cine de mi ciudad al que más he ido este año se llama Cineteca Matadero. El nombre arrastra el pasado de ese solar. Llegó un momento en el que el transporte y el dinero permitieron alejar del núcleo urbano ese trago desagradable, y maloliente para todos los ciudadanos.Y ruidoso. Menudos ruidos.

Para mí los toros son un símbolo de la crueldad humana, y por eso me parecen insoportables. Como no he tenido que cortar cabezas de gallinas o sacrificar cerdos para comer, soy mucho menos inmune al acto de matar un animal por necesidad, y nunca me podrá parecer bello. Y sería mucho más legítimo para mí, y para el resto del movimiento antitaurino, si no fuera porque creo el 99% de la gente participa en él embutida en sus chupas de cuero y comiendo jamón.


La última vez que firmé una petición para abolir los toros le pregunté a la chica que me la entregó "¿alguna vez has cogido una gallina que se iba a escapar?"
Me dijo que no. Ni siquiera había estado en una granja. Le pregunté si comía huevos; me dijo que sí. Y firmé. Pero me quedé con las ganas de decirle "y entonces tú qué coño sabes de los animales".

Pero creo que algo sabemos. A todos nos suena que los animales de la comida del supermercado viven fatal, que a las gallinas ponedoras, si salieran de las jaulas a las que están condenadas de por vida, les darían infartos, pero no queremos acordarnos. Y de alguna manera, a un nivel profundamente subconsciente, concentramos toda nuestra culpa al respecto en nuestra repulsa hacia la crueldad de las corridas de toros. Y que nadie toque un pelo a los gatitos. Que son muy monos. Pero a los gatitos hay que darles carne de comer, eso ya importa menos.

La imagen de la ambulancia de arriba... convirtámosla en una más cotidiana. Imagina que en el supermercado y en los restaurantes la carne sea gratis. Pero hay un precio, no económico, para llevártela: Para comerte un delicioso solomillo primero tienes que ver cómo ha muerto la vaca de donde viene. Un vídeo colocado en las neveras del autoservicio que se activa al coger un filete.

La verdad, me gustaría saber cómo afectaría al consumo de carne en una ciudad entera, a corto y largo plazo. Me atrevo a imaginarme lo que pasaría: casi todos los ciudadanos se harían vegetarianos por un tiempo, y luego, poco a poco, las imágenes del animal degollado perderían la fuerza del primer impacto, hasta que buena parte de ellos comiera carne de nuevo. Y seguramente ésos no odiarían los toros, y de hecho tendrían otras taras que afectarían al resto de su comportamiento.


¿Podemos comparar una ensoñación así con un caso real? Se me ocurre uno: Estamos mucho más inmunizados a la muerte de personas, gracias al cine, que a la muerte de los animales. Mientras que en la vida real las personas son lo más importante, en la ficción nos cuesta muchísimo más ver cómo apalean a un perro a una persona. A mí me pasa, y a muchos que he consultado, pero, mientras tanto, no dejo de pensar que es un desequilibrio loquísimo, y me produce la misma repulsa que el desequilibrio que da origen a los putos toros.

Asumamos que estamos más inmunizados a unas crueldades que a otras, y que la diferencia sólo está en nuestra mente, pero seguimos siendo responsables de todas. Un patito empapado en chapapote puede secuestrar nuestra atención mientras nos comemos untado en pan el hígado cirrótico de otro. O mientras mueren miles de niños en una guerra provocada por el mismo petróleo.

Es muy fácil decir que las tradiciones taurinas son retrógradas, pero esos retrógrados igual se han quedado así porque son los que preparan la carne que comemos nosotros, servida en cómodas bandejas de poliespán que anulan toda sensación de que alguna vez perteneció a un animal que podía sentir dolor.

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